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Queer as Folk UK, un recuerdo noventoso que todavía incomoda

Actualizado: 5 dic 2025

Ocho episodios, una pista, y el final del clóset televisivo



Antes de que las plataformas armaran su catálogo arcoíris, antes de los comunicados por el mes del orgullo, Channel 4 puso al aire en 1999 una serie cortita y filosa que se animó a mostrar la noche queer sin permiso. Queer as Folk versión británica duró ocho episodios, nada más, y alcanzó para romper una costumbre: la de hablar de cuerpos y deseos como si fueran material de laboratorio. Acá no había metáforas tranquilizadoras, había calle, club, amistad, sexo, risas, bajones y una cámara que no pedía disculpas.




La gracia es que no era solo “representación”. Era ritmo, era lengua, era humor incomodísimo. La serie elegía mirar a sus personajes con cariño feroz, sin edulcorante y sin pedagogía. No venía a explicar la vida queer, venía a vivirla frente a vos, con la música alta. Por eso todavía funciona, porque en vez de pedir permiso para existir, te invita a entrar, o te deja afuera con la puerta abierta, y eso ya es una decisión estética.

Russell T Davies, que después crecería en otras ligas, entendió algo simple y potente, que la identidad es una fiesta y una responsabilidad. Sus protagonistas no son santos ni villanos, son gente que se equivoca, que lastima, que ama, que se arma y desarma. Lo revolucionario no es la transgresión por la transgresión, es el foco, poner el deseo en primer plano sin moralina ni castigo final. En los noventa eso era un golpe, en la tele abierta era dinamita. Hoy seguimos sintiendo el estallido.






El contexto importa. Veníamos de una televisión que hacía guiños, que escondía, que convertía a las personas LGBT en subtramas, en alivio cómico o en tragedias instructivas. Queer as Folk pateó la puerta con otra lógica, si la vida ocupa el centro, la narrativa cambia de gravedad. La amistad deja de ser decoración y se vuelve familia real. La pista de baile deja de ser escape y se vuelve territorio político. La noche deja de ser oscuridad y se vuelve luz propia. Es muy difícil mirar eso sin sentir que te están hablando en serio.



También es verdad que el tiempo pasa y nos vuelve severos. Podemos reprocharle cosas, el registro noventoso, la perspectiva limitada, algunos chistes que hoy no compraríamos, la masculinidad que se impone. Y está bien señalarlo. Lo interesante es que aun con sus bordes la serie abrió una ventana que no se cerró más. Hizo algo que hoy mucha televisión esquiva por miedo a perder simpatía, mostró contradicciones sin subrayado, dejó que el espectador haga el trabajo.






Hay una línea que me encanta pensar, la del espejo, esa idea de que ver a otros vivir te enseña a vivir. Para muchxs, Queer as Folk fue eso, el espejo donde el clóset televisivo se resquebrajó. No porque planeara sermonear, sino porque eligió una proximidad radical, te acerco tanto que ya no podés fingir que no entendés. Los vínculos, los códigos, las lealtades, el humor que cura, el dolor que no cede, todo está ahí, respirando. Y cuando el arte respira, contagia.



¿Dónde estamos ahora? En una industria que aprendió a usar el orgullo como categoría de marketing y a veces olvida el riesgo. Representar ya no alcanza, hay que desafiar. Por eso volver a Queer as Folk no es nostalgia, es calibración. Nos recuerda que la televisión puede ser peligrosa, que puede ofender a los tibios y abrazar a quienes no estaban invitados. Nos recuerda que las escenas se construyen con trabajo, con bares que abren y cierran, con gente que se cuida y se discute. Y que la alegría no es una estética, es una política.



Si hoy un adolescente ve la serie, quizás no le sorprenda la forma, la edición, la moda, todo eso envejece, pero le va a pegar la honestidad. Ese es el secreto, la sinceridad sobre el deseo, esa mezcla de euforia y miedo que todavía reconocemos. Tal vez por eso la serie sigue viva, porque no plantea un ideal ejemplar, plantea una vida posible. Y en un mundo que te vende máscara todo el día, lo posible emociona más que lo perfecto.



En La Romántica nos gustan estos artefactos que no piden permiso, piezas cortas que hacen historia larga. Ocho episodios pueden ser una revolución, si te cambian la forma de mirar. Queer as Folk lo hizo. Nos enseñó que la cámara puede bailar con vos, que el clóset es una mala escenografía y que el orgullo es una coreografía colectiva. Si todavía nos conmueve es porque dejó lo importante en su sitio, el deseo en el centro, la amistad como método, el humor como defensa, la noche como territorio y la vida, finalmente, del lado de adentro.

 
 
 

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