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La muerte de MTV, una tragedia romántica

Actualizado: 5 dic 2025

El canal que nos enseñó a amar en tres minutos y después cambió de canal



Hubo un tiempo en que aprender a sentir era ver videoclips. Tres minutos, un riff, un corte a tiempo, una coreo que te marcaba la semana. MTV no era un canal, era un idioma. Te decía cómo mirar, cómo vestir, cómo desear. Y vos entrabas feliz, porque ahí la música tenía cuerpo, la imagen tenía pulso y la adolescencia parecía una película bien editada.




Después, algo se quebró. El videoclip, que era un arte de precisión quirúrgica, fue cediendo espacio al reality, a la intimidad empaquetada, a la vida convertida en contenido. MTV descubrió que veinte cámaras vendían más que tres acordes. El rating le ganó al riff. Y la música, que siempre había sido el corazón, quedó como decoración. No fue inmediato, fue a la vista de todos, con cortinas nuevas y nombres que prometían “lo real” mientras lo real se volvía guion. La tragedia fue silenciosa y televisada a la vez.





La ironía es conocida: el canal nació con “Video Killed the Radio Star” y terminó matando su propio invento. No por maldad, por lógica de época. La economía de la atención pidió ritmo, conflicto, cliffhanger, piel. La cámara dejó de perseguir a la canción para perseguir al personaje. Lo que se vendía ya no era la obra, era el backstage del deseo, la ficción de la proximidad. El videoclip, que había sido poesía en montaje, pareció antiguo frente a la adrenalina de “vivir adentro del programa”.

Pero MTV no murió del todo, se fragmentó. Se desparramó en YouTube, en TikTok, en reels de 15 segundos donde una idea visual puede valer más que un presupuesto entero. La estética MTV sigue viva en cada jump cut, en cada tipografía gigante, en cada sincronía de labios con un hit robado. Hoy el algoritmo cumple la función del programador nocturno: decide qué entra en rotación y qué desaparece sin rastro. La diferencia es que la grilla ahora se ajusta a vos, o mejor dicho, te ajusta a vos.

¿Perdimos algo? Sí. Perdimos el rito de mirar juntos. Ese estreno a las 22, ese conteo de los Top 20, esa cita semanal con un programa que te hacía sentir parte de una tribu. El consumo actual es más democrático en acceso y más caótico en sentido. Ganamos diversidad, perdimos ceremonia. En el nuevo ecosistema un pibe en su cuarto edita mejor que un canal, una piba con un celular inventa un lenguaje, un artista independiente llega donde antes era imposible. Lo que no te garantiza nadie es el contexto, ese hilo invisible que te decía por qué importaba ver ese video y no otro.

También ganó la publicidad, que se disfrazó de todo. Cuando el contenido es rey, el patrocinio es trono. Esto no es purismo, es diagnóstico. El videoclip siempre fue mercancía y arte a la vez, un híbrido fascinante. La diferencia está en el balance. Cuando la lógica del sponsor dicta el relato, la emoción queda de invitada. Y la música, que necesita tiempo y silencio para pegar, se vuelve otra cosa, un estímulo eficiente. Lo ves, lo olvidás, seguís scrolleando.



Entonces, qué hacemos con el fantasma. Lo aceptamos. La muerte de MTV, como toda tragedia romántica, deja enseñanza. Nos recuerda que la imagen puede doler y a la vez vender, que el artificio puede ser verdad si no renuncia a su poética. Nos obliga a exigirle al nuevo ecosistema lo que el viejo prometía cuando estaba inspirado: curaduría, riesgo, humor, atrevimiento. Y nos pide algo más simple, mirar mejor. Cortar el ruido, buscar el plano que respira, volver a emocionarnos sin que la urgencia nos coma el corazón.



En La Romántica no pedimos resurrecciones, pedimos memoria. Si alguna vez un videoclip te cambió la vida, sabés de qué hablamos. Era un tema, un corte, una mirada a cámara, y de golpe entendías algo de vos que no sabías decir. Ese gesto existe todavía, solo que está escondido entre scrolls. Habrá que encontrarlo, cuidarlo, compartirlo. Porque sí, MTV murió, pero su fantasma sigue bailando. Y si prestás atención, todavía marca el compás.

 
 
 

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