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Mujeres cocidas, las heroínas de Tim Burton

Actualizado: 5 dic 2025

Fragilidad militante, costuras a la vista



Tim Burton siempre filmó como si el mundo fuera un taller de costura. Nada cierra del todo, todo se sostiene con alfileres, y en el remiendo aparece la belleza. Sus mujeres no llegan en moldes perfectos, llegan armadas en partes, con cicatrices que funcionan como firmas y un pulso romántico que se niega a pedir disculpas. Sally, Emily, Gatúbela, la Reina Cadáver y ese linaje de criaturas que parece vivir entre la ternura y el espanto, todas comparten algo simple y feroz, la fragilidad no es debilidad, es método.

Sally, en “The Nightmare Before Christmas”, se cose y se descose para poder existir. Literal. No espera ser salvada, planea fugas, aprende a escucharse, inventa una ética doméstica dentro de un mundo que la quiere muñeca obediente. Emily, en “Corpse Bride”, vuelve del más allá y desnuda la trampa del romanticismo edulcorado, hay promesas que matan, hay ceremonias que te dejan sin voz, hay novias que solo encuentran justicia cuando reclaman su relato. Y Gatúbela, en “Batman Returns”, ese estallido hermoso de piel cosida y rabia lúcida, se rehace después de caer al vacío, gata, obrera, vengadora, dueña de un deseo que no pide permiso porque ya no tiene nada que perder.





Todas estas mujeres están armadas en retazos, costura sobre costura, pero no para simular normalidad, sino para declarar una estética. Burton las mira con un amor raro, medio gótico y medio infantil, que nunca les niega agencia. No son musas quietas, son autoras de sí. La aguja que las une no es sumisión, es escritura. Ellas deciden dónde va cada puntada, cuándo mostrar la cicatriz y cuándo ocultarla. En un cine que durante décadas prefirió la heroína impecable, Burton eligió el borde, la costura visible, el punto exacto donde la reparación se vuelve identidad.


Puede sonar exagerado, pero hay algo muy latino en este universo. Acá también sobrevivimos a fuerza de remendar. Arreglamos lo que se rompió, hacemos de lo poco una estética, inventamos belleza con lo disponible. Las mujeres cocidas de Burton funcionan como espejos de ese gesto cotidiano. No romantizan el dolor, lo trabajan. No se definen por la herida, la organizan. Y en ese movimiento aparece una política de la fragilidad que vale la pena defender, la vulnerabilidad como condición para una fuerza más honesta.


Otra clave, el deseo. En Burton el deseo no es un trofeo ni un premio moral, es una energía rara que mueve la trama. Sally desea autonomía, Emily desea justicia, Gatúbela desea poder sobre su propio cuerpo y su propia narrativa. Nadie les regala nada, por eso la puesta en escena elige materiales que subrayan esa conquista, telas, cuero, hilo, botones, maquillaje corrido, todo habla de trabajo manual. El amor, cuando llega, no borra las costuras, las ilumina. Y si no llega, no pasa nada, la escena sigue, la identidad no se cae.




Burton convierte el trauma en lenguaje y la reparación en estilo. No para estetizar la herida, sino para impedir que vuelva a ser invisible. Hay humor negro, claro, hay feísmo elegante y barrocazo pop, hay esa melancolía dulce que no se agota en la pose. Pero debajo late una ética sencilla, aceptar que lo roto también sirve, que lo raro también merece foco, que la delicadeza puede ser un arma. Si uno mira con atención, el famoso “gótico romántico” de Burton deja de ser solo atmósfera y se vuelve método de lectura del mundo.



¿Dónde entra nuestra mirada hoy, en una cultura que insiste con la prolijitud, el filtro perfecto, la piel sin poros y la narrativa sin riesgos? En la decisión de mostrar la puntada. Esa decisión tiene consecuencias estéticas y políticas. Es decirle al algoritmo que el brillo no alcanza si se come el nervio, es decirle al espectador que la emoción se nota donde duele, es recordarnos que una historia vale cuando sostiene el pulso incluso cuando falla el maquillaje. La costura es la prueba de que hubo trabajo, de que hubo cuerpo, de que hubo tiempo. Y eso, en el presente, ya es una forma de resistencia.

En La Romántica nos interesan estas heroínas que eligen permanecer con sus costuras a la vista. Nos enseñan a no esconder la reparación, a nombrar el pegamento, a volver digna la trastienda. Nos recuerdan que el romanticismo, lejos de ser cursi, puede ser severo, que la ternura salva cuando es valiente, que la ironía no niega la emoción, la acompaña. Si hay un hilo que conecta a Sally, a Emily y a Gatúbela, es este, el hilo rojo de una autoría que no necesita permiso ni perfección para ser inolvidable.






Por eso decimos mujeres cocidas, no como rótulo morboso, sino como definición de oficio. Coserse es hacerse. Repararse es escribirse. Y mostrar la cicatriz es reclamar la lectura. Cuando la pantalla se llene de brillo sin historia, acordate de esto, la puntada que sostiene la forma, la torpeza hermosa que le da vida al gesto, la costura que firma el cuerpo y, de paso, nos devuelve un poco de humanidad.

 
 
 

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