Jem and the Holograms y la IA hoy
- Daniel Tau
- 4 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 5 dic 2025
El futuro era rosa chicle, ahora pregunta quién tiene el corazón

En 1985 una heroína pop se cambiaba de ropa con un rayo y una frase pegadiza, “Showtime, Synergy”, y el mundo hacía como que no pasaba nada. Jem and the Holograms no era solo maquillaje y hombreras, era una fantasía tecnológica muy concreta: una estrella fabricada por una inteligencia que vivía en una computadora gigante, capaz de diseñar imagen, voz y espectáculo a demanda. Cuarenta años después ese delirio ochentoso se volvió manual de usuario. Hoy escribimos prompts, aplicamos filtros, clonamos voces y, si apurás un poco el render, te arma un videoclip en el tiempo que antes tardábamos en rebobinar el VHS. La sinapsis hizo glitter, sí, pero también trajo preguntas que no entran en un estribillo.

La serie proponía una identidad con interruptor. Jerrica era una, Jem era otra, y ambas eran verdaderas. El pasaje de una a otra ocurría en el brillo, en la pantalla, en el artificio. La gracia era que el artificio no mentía, solo mostraba una capa más. En la cultura de la IA la cosa se enreda, porque el brillo ya no es máscara, es producción. No cambiamos de look, cambiamos de autor. Cuando una canción está compuesta por un modelo que aprendió de cien mil discos ajenos, cuando un retrato sale perfecto porque un algoritmo entendió qué rasgos nos seducen, ¿quién firma la emoción que sentimos? El deseo se vuelve colaborativo, sucio, colectivo, y por eso hermoso, pero también resbaladizo. El playback dejó de ser un truco del escenario para convertirse en un estándar del sistema.
Jem transformaba su identidad con una frase mágica. Nosotros con un texto de 120 caracteres. Ella tenía una súper computadora con nombre cariñoso, Synergy, nosotros tenemos redes que te dicen qué es tendencia antes de que lo sientas. La similitud importa, el salto también. En la serie había una ética implícita, la tecnología estaba al servicio de la banda, de las amigas, de una comunidad pop. En el presente hay una trenza de intereses donde el público, el artista y la plataforma tironean del mismo hilo. El algoritmo no solo organiza lo que vemos, moldea lo que queremos. Y ahí la pregunta que pica, ¿estamos mirando porque nos gusta o nos gusta porque estamos mirando?
La genealogía es clara. Jem, con su estética de holograma y su narrativa de doble vida, anticipa a Hatsune Miku, a Lil Miquela, a los idols sintéticos que llenan estadios y venden carteras sin despeinarse. Anticipa a los filtros que corrigen rostro, a los doblajes automáticos que nos traducen en tiempo real, a los deepfakes que pueden inventar un beso y una confesión. Lo que en los 80 era una fantasía sobre la imagen, hoy es una infraestructura del deseo. La cultura se volvió un gran backstage donde la escenografía es software y las luces son datos. No es que seamos falsos, es que somos editables.
La tentación es ponerse solemne y decir que todo está perdido. No. El pop nunca fue un templo de autenticidad, fue un taller de ensamble. Se armaba con pedazos, con referencias, con descaro. Lo que cambió no es el artificio, es la escala y la velocidad. La IA acelera la copia, democratiza la pericia, vuelve posible lo que antes costaba años de oficio, y eso puede ser democratización o precariedad, según desde dónde lo miremos. Un pibe en su casa arma un coro que suena a estudio de Los Ángeles, una piba produce un clip que parecería rodado con presupuesto de agencia, un artista independiente sostiene una carrera entera con herramientas gratuitas. La pregunta ética no es si se puede, es con quién y para quién. El consentimiento importa, la atribución importa, el reparto de valor importa. El resto es estética.
Queda otro filo, el emocional. ¿Qué pasa cuando la imagen es impecable, la canción perfecta, el rostro sin poros, la voz afinada por una red neuronal que jamás tiene resfrío? Pasa que extrañamos el error. El quiebre de la nota, la luz que entra mal, la sombra que arruina el plano y lo vuelve inolvidable. Jem funcionaba porque detrás del glitter había amigas, amor, quilombo, rivalidad, trabajo. No era solo el rayo láser, era la banda. Con la IA la promesa es eficiencia y, a veces, la eficiencia apaga la épica. La emoción necesita fricción, un cuerpo que se equivoque y se repita, una historia que transpire.
Entonces, qué hacemos con todo esto. Ni cruzada anti tecnología, ni devoción ciega. Usarla con criterio, con deseo y con humor. Recordar que el artificio puede ser verdad, si la verdad se entiende como experiencia compartida. Defender el crédito, el consentimiento y la paga, porque sin eso la fiesta es de unos pocos. Y, sobre todo, no olvidar la lección básica del pop, que una máscara bien puesta puede revelar más que una cara lavada.
En La Romántica nos interesa ese borde, el lugar donde el brillo no tapa, ilumina. Jem no era una profecía, era una brújula. Señalaba un futuro donde la identidad se negocia entre cables y corazones, entre luces y lealtades. A ese futuro ya llegamos. Ahora falta decidir si la canción que suena la escribe una máquina sola o si la cantamos juntos, con los errores incluidos. Porque sí, la sinapsis hizo glitter, pero el estribillo todavía necesita una lágrima bien puesta.



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